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¿Para Que Sirve La Literatura?


¿PARA QUÉ SIRVE LA LITERATURA?

“La literatura para nada sirve. Pero sin ella no valdría la pena vivir” ─Hernando Téllez

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De la infancia a la madurez, desde antes del abecedario hasta la filosofía, en la felicidad y en el infortunio, en todos los cruces del camino, en las horas luminosas, en el amor y en el dolor, hemos estado acompañados por la leal e invisible guardia de nuestros dioses mayores y menores de la literatura. A unos les debemos más que a los otros. Unos son implacables y exigentes, otros benévolos y generosos. A unos les debemos el escepticismo, a otros la creencia. Todos ellos nos ofrecen el testimonio del mundo y de la persona humana, en una clave de amargura o en una clave de sonrisas. Comprendemos entonces que la grandeza de la literatura radica en el hecho de que ella es también una dimensión de la vida. Sin la literatura, no sería posible en el mundo ni siquiera su propia imagen física, puesto que nada de cuanto rodea al ser humano, nada de cuanto ese mismo ser humano pueda hacer, pensar o sentir, tiene significado, validez y, en último extremo, auténtica existencia, sin esa primera estrategia artística que es la palabra, sin el símbolo literario de la palabra.

Sin la palabra, el universo interior y el universo exterior carecen de testimonio. La toma de posesión del mundo por el hombre, ocurre cuando la palabra fija, apresa, determina las cosas, pone su incoercible garra, hecha de aire, sobre esas cosas y, además, consigue expresar y calificar los sentimientos. Es por ello por lo que el arte literario toma el carácter de una síntesis del espíritu humano.

La literatura promueve y realiza una recuperación de la naturaleza. Ese rescate nos pone en posesión de toda la hermosura del mundo y nos hace, intelectual y sensorialmente, usufructuarios y dueños de toda la inmensidad de la tierra. Gracias a la literatura llegamos a una especie de tácito imperialismo geográfico. Ella borra las fronteras, anula las distancias, destruye el mito del lenguaje nacional y de la raza como dos de los límites que se oponen al entendimiento universal, crea una igualitaria posibilidad para “sentirlo, verlo y adivinarlo todo”, y entrega al hombre, íntegro e intacto, el misterio del mundo.

Sí. Nada escatima el arte literario al angustioso afán del hombre por conocerlo y sentirlo todo. Este poder de creación, de recuperación, de rescate del arte literario, determina el hecho de que tenga la categoría de una dimensión vital. Hay muchas cosas esenciales a la existencia humana, pero cómo se advierte de imprescindible la necesidad del arte cuando se piensa que el hombre ha estado rodeado desde siempre por un invencible cerco de miseria y de dolor.

He aquí que todas las filosofías envejecen y mueren y que en el orden de la ciencia, “La verdad de hoy es la mentira de mañana”. Que todas las fórmulas políticas y todos los sistemas económicos, idealmente concebidos, como un desiderátum para restablecer el imperio de la justicia y de la equidad, engendran inexorablemente la arbitrariedad, el odio y la guerra.

Después de siglos y siglos de experiencia social, de experiencia científica, ya no va quedando casi ni una mezquina porción de tierra donde el hombre pueda vivir libremente y en paz. En torno suyo ha visto levantarse los imperios y las vanidades, ha visto crecer la marea del odio y presenciado la periódica cosecha de sangre que la ambición política recoge en el campo de la historia. ¡Qué compensación en medio de todo esto, la del arte, la de la verdad en la belleza!. La obra de los estadistas, de los guerreros, de los capitanes de multitudes, de los creadores de imperios, de quienes en un momento de la historia alcanzaron una estatura descomunal, se deshace en cenizas. En cambio, esas que parecen frágiles construcciones de palabras, ese poco de aire apresado en la cárcel de la poesía, esas notas musicales, esos trozos de mármol, esos colores y esas formas detenidos para siempre sobre un trozo de lienzo, han resistido la amenaza del tiempo, victoriosos, inmortales, perennes, eficaces e incorruptibles.

La certidumbre de que siempre estarán a nuestro servicio, de que jamás se perderá el hálito de su gracia, ni se extinguirá su belleza, ni acabará su poder evasión y de ensueño. La certidumbre de que el arte hallaremos siempre una compensación inefable a todo cuanto en el mundo nos hiere, nos esclaviza, nos hace sórdidos o crueles, nos llena el alma de vanidad o de dolor,

“esa certidumbre hace más alegre o menos melancólica la fuga del tiempo y más fácil el viaje inexorable hacia el país de los párpados cerrados”.

Paz y amor,

Solimán





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